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domingo, 6 de junio de 2010

atrapados

Miro la abeja que no encuentra qué libar esta mañana y me recuerda la fiesta de anoche. La naturalidad con que se instala lo burgués en el centro; el burgués como centro absoluto. Y cómo estar más arriba en términos burgueses es sin darse cuenta, estar en el centro. El centro desprecia lo periférico, pero en las fiestas nos gusta alterar un poco las rutinas; será por eso que finalmente llega el humorista televisivo que por cuatro lucas te hace el show ininterrumpido de una hora por reloj que pasa como un rayo y da cátedra de espectáculo, y yo me sorprendo de mi propia risa y me pregunto si me reiré de lo mismo que el resto, y creo que sí, y luego me pregunto si alcanza para corrernos un poco del centro, y veo que no. Un piso diecinueve frente al río no está nada mal entonces. Pero hay una red en el balcón que no sólo nos recuerda que la luna tampoco puede ser luna, sino que además impide lo más importante y trascendente y revolucionario que es que el hijo del burgués -porque para el burgués ya es tarde- aprenda la humildad en el salto al vacío.

viernes, 27 de noviembre de 2009

il ballo del mattone

Una sarta de pelados
Sí, a la moda de hace un tiempo
pero todavía la fashionada.
El mundo del arte en vivo o in Vitro, en vitrina digo.
Mirame como pinto como peino como bailo.
Nos une el glam en la via pública,
el free choripan
encima hay tanto yanqui o europeo por la ciudad
que decora mejor
¡Pero ojo!
que en un momento llega la punga porque escucha fiesta
(francolini paga)
las puertas de la ciudad están abiertas esta vez
Uno que se aviva y quiere integrar, dice:
- sacá la mano de atrás que ahí regalan fernet.
- qué fernet, dame el celular.
Pero no, no prospera. Es que hoy no hay lugar para l’inseguridá.
La música nos mezcla como dijo madonna,
o fue serrat
Las bandas no paran de sonar
Muchos de los presentes se reverán el año nuevo en Uruguay
¿los modificará en algo el "corte Pepe"?
La gratuidad da alegría, parece.
Bischof que saluda hasta la muerte
aunque la dislexia se la ponga difícil.
Nat que pasa y deja estela,
algunos llegarán a apoyarse en su calza,
ella preferirá lo blondo.
A no desalentarse
el regocijo está en el aire de la noche
Ahora, de los tachos con hielo
sacan birras italianas (para todos)

lunes, 30 de junio de 2008

Dos cuentos berlineses

1. VIERNES EN UN SÓTANO

Una hilera de butacas de cine dispuesta a lo largo de una pared. Suena una música que no es electrónica. En una butaca a mi lado, Tania se manosea con un rubio. Cada tanto y sin intención, yo también recibo una caricia en la nuca, que interrumpe brevemente mi besar el hombro de Anke. Llega Lorenzo, hablamos los cinco. Los italianos se van. El rubio alemán putea al género femenino. Yo me doy vuelta para seguir besando a Anke, ahora en la escápula. Pasa un tiempo; pasa un peruano de largos cabellos. Anke retira mi mano de su pecho, no con rudeza pero con determinación, se levanta y parece seguirlo. Me quedo casi solo porque sus cosas todavía están a mi lado. A los seis minutos me pongo de pie, dudo hacia dónde caminar, pero voy y le digo con una pretendida sonrisa y tratando de interrumpir lo menos posible:
-Anke, me voy.
-¡Uy te vas! Disculpá, pero es así.
Mi sonrisa se agranda. Cinco pasos más tarde me encuentro con Tania, que ahora está sola y con una expresión un tanto confusa. Intercambiamos un par de palabras y me dice por ejemplo que alguien que escribe sólo poesía no es un buen escritor. Le digo casi suplicante:
-Pero Ungaretti, pero Neruda...
Su mirada dice que ellos pueden ser pero yo no.
A la salida alguien pasa, yo tímidamente lo paro y con un tono de exagerada humildad pregunto:
-¿Dónde queda Alexander Platz?


2. LA DESILUSIóN EN FORMA DE CARCAJADA O DE LíQUIDO BLANCUZCO EN UN VASO DE SODA

Caminaba con Jürgen por el barrio de Mitte en busca de algún bar luego del concierto de la sinfónica de Berlín; divisamos la inauguración de una muestra en una galería de arte, y sin decirnos nada entramos, tal vez ambos con el mismo pensamiento: vino gratis.
La muestra consistía básicamente de papeles para empapelar dispuestos precisamente en la pared pero como si fueran cuadros y con inscripciones (una por cuadro) de avisos tomados de las secciones personales de distintos diarios, según el mismo artista explicaba a Jürgen. Los avisos estaban en alemán, circunstancia que me llevó al encuentro de la bella Nao, por una salvadora traducción.
Nao no es alemana, su inglés no es tan bueno, así que amablemente me traduce los amorosos avisos al francés.
Ella está con un conocido de hace pocas horas y los cuatro acordamos en ir a un bar donde podemos bailar música árabe. Nao se mueve de una manera tan sexy, que me siento avergonzado por el contraste que se produce entre ambos. Pero cuando sus antebrazos rozan mis orejas y su cara se acerca juguetonamente, presiono firmemente su pelvis contra mí, y giramos incontables veces; bailar parece ahora tan natural.
Por supuesto a lo largo de la noche ella coqueteará con cada hombre que se le acerque y está bien, porque mientras tanto yo discutiré con su conocido acerca de la tristeza oriental y de la particular relación que los egipcios tienen con la muerte.
A la hora de irme ella viene conmigo.
Armonías de Bossa Nova invaden el cuarto; sus piernas se despliegan en actitud de espera sobre la cama. Y estas dos cosas parecen anticipar la desilusión de mañana en el vaso de soda y en mi carcajada, que simula la de un egipcio queriéndose librar de su idiosincrasia.

sábado, 21 de junio de 2008

Los mellizos

Todo había empezado tan bien y mi danza iba cada vez más suelta...
Había entrado igual que todos, por un pasillo muy largo, muy oscuro y muy angosto. Al final, un patio envolvía la casa. Al fondo, el pasto muy crecido, colchones de flores, la luna llena; pero sobre todo la desprolijidad del pasto era lo que daba a la fiesta su personalidad. El dj ponía temas de Bowie cada tanto y las chicas sonreían; algunas, entre carcajadas y grititos se animaban a más. Sí, como digo, todo estaba bien. Todo estuvo bien en realidad. Lo que sigue es sólo un detalle:
En la cocina suceden las cosas más raras y está siempre la chica más linda. No digo más linda y más flaquita porque sí, sino porque cuando hablábamos mi mirada se perdía en detalles de su cuello , de su nuca. Ella estaba con ellos, pero entre ellos estaba él, que era casi igual a ella: lindo y flaquito. Se me vino a la mente la novela Los Hechizados de Gombrowicz y en el cuello de ella vi una cancha de tenis donde ubiqué a los dos con raquetas y de blanco.
Él se me hacía el cancherito y me promocionaba su obra. ¿Me viste cara de burgués?, pensé decirle, pero no le dije; cómo iba a salir con semejante vulgaridad cuando él sólo estaba siendo 15 ó 20 años más joven que yo. Me los imaginé mellizos incestuosos; ellos me dijeron que eran algo así. Me imaginé sus nombres pero no se los pregunté para no arruinar las consonantes que me daban vueltas. Igual, más adelante en la fiesta vi que el incesto ya había pasado para ellos: él iba dando saltitos por los cuartos detrás de una chica siberiana de anchas espaldas que le sacaba una cabeza; tenía gesto de cachorrito en busca de una teta. Pero eso fue más adelante en la fiesta; en ese momento él quiso que ella lo abrazara y yo me fui de la cocina a continuar mi danza. Ella no. Después tuve una secuencia con una chica que decía diseñar muñecos futbolísticos, y fui al baño. Cuando salí del baño, los mellizos pasaron de la mano delante de mí, y entraron ellos. Como el vidrio de la puerta era esmerilado, decidí espiar sus sombras. Ninguna de las sombras se movió notoriamente. El tiempo pasó, alguien se impacientó y golpeó la puerta. Ella se asomó, puso una cara y volvió a cerrar. Al rato salieron apuntando a direcciones distintas, aunque él se detuvo de repente; su cuerpo perfectamente inmóvil, sus hombros apenas hacia adelante y a punto de largarse a llorar. Alguien más lo abrazó ahora; creo que era el chico que preparaba los tragos con Ron. El abrazo no se interrumpía y noté potenciado el germen de tristeza que me pareció que tuvo el abrazo anterior (el de la cocina). Me sorprendió tanto desamparo, tanta sensibilidad. Ella no. Ella al rato volvió y se quedó observando el abrazo a cierta distancia. Se tocaba un poco la nariz. El del Ron hizo un ademán para que ella se integrara a un abrazo de tres. Yo me sentí más viejo, pero esa tristeza me pareció tanta que no podía ser. ¿Cómo puede ser tanta tristeza, tanto desamparo?, me pregunté, y empecé a caminar descreído. ¿Qué es lo que aspiran ahora?, se me ocurrió a la vez pensar mientras me alejaba por el oscuro pasillo.

sábado, 7 de junio de 2008

whisky sin amor?

Hablando de mismos errores, qué pretendo invitándola a tomar una schneider fuerte a las 6 y cuarto de la mañana cuando ya mis huesos no resisten. Antes me negué a la pastillita por la módica suma de 40 pe. En el cuarto todavía oscuro quedaba nuestra danza demodé en absurdo contrapunto con el bello vaivén de un manojo de quetaminosos. A qué juego sirviéndome un whisky a las 8? Sí, ganas tengo, pero... te parece?

miércoles, 23 de abril de 2008

Difusa

La barra está difusa porque
uno hace lo que quiere con la mente,
y más allá de la barra, nada.
No, ya no hay nada; ni noche ni magia
ó ya me cuesta. Sin embargo,
me entrego al papelón,
a la fuerza que me arrastra tan abajo,
hasta el cuello con perfume Cumbia.
¿Por qué me embebo en piel si la piel no escalofría?
Sí, ya sé:
son los hoyitos al comienzo de la espalda.
¿Qué sorpresa ó qué excusa?
Ahí dibujo con los dedos.
Es deseo de vampiro, me digo.
Por eso yo no estaba en el espejo.
Dioses, los intimo:
¡La imagen para la magia!
la que me abrió a los néctares primeros
cerquita de la abuela
que entre almácigos de crataegus
me despabilaba en vano.