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martes, 4 de enero de 2011

es fémina

No podría determinar la especie
Pero fémina
Vegetal, animal
Araña casi
Humea a través de una larga boquilla
Calcula, traza estratagemas
Tozuda,
Da sus pequeños cuernos
Contra lo que encuentre
Horada superficies
No le importan las texturas
Ella va
Es fémina
Y espera.

miércoles, 3 de junio de 2009

cameron highlands

Las mañanas son despejadas, o con pocas nubes en el cielo; el pasto donde se ubican las mesas para el desayuno está húmedo. Y las mañanas despejadas, además son frescas, aptas para duchas de agua caliente: uno de los temas de conversación preferidos por los viajeros, quienes gustan levantarse de sus camas de buena hora, tal vez para tomar esas duchas o ese desayuno, tal vez para simplemente contemplar el paisaje, consecuencia de un clima tropical que no lo parece, si por clima tropical entienden esa sensación de pesadez que vienen arrastrando durante los últimos dos, ocho, catorce meses según el caso, pero siempre cantidad de meses pares. Es entonces un llamado de la melancolía que los despierta tan temprano a evocar frescas mañanas primaverales de sus lugares de origen que en todos los casos se encuentra lo suficientemente alejado de los trópicos como para que la evocación suceda en mañanas frescas como éstas.
Y planean en el transcurso del desayuno, por cuál camino de la selva se internarán; o dibujan extraños dibujos. Restan importancia a las diferencias entre ingleses y escoceses. Y leen a Dickens o a Stevenson. Juegan al ping pong, o eligen un DVD para ver luego de su caminata por la así llamada selva.

Una vez en la selva a la cual no se aconseja ir sólo, todo es diferente, el silencio es diferente, la luz se densifica y promete humedecerse, se oyen ruidos de cascadas que se mezclan con ruidos de arroyos y con los ruidos de algunas viajeras orinando que aunque no prometan humedecerse están húmedas, y se cuelgan de otros como de lianas, comenzando así el rito de invocación a John Newton, el único colono que se perdió en alguna parte de esta misma selva en 1928. El rito continúa con escupitajos en las caras y profundos lengüetazos en las orejas de cada uno de los presentes, hasta que finalmente el colono John se aparezca allá en la altura, dentro de la figura de un bellísimo cuerpo de mujer, cubierto casi en su totalidad de un vello color verde musgo en obvia mimetización con el lugar y riendo morbosamente, mientras se desliza o flota con estilo felino entre las copas de los árboles. Y su risa es una invitación a unirse a él o ahora ella. Pero los viajeros saben diferenciar por el tono, que se trata más bien de un desafío, una provocación, de quien en realidad prefiere ser alabado o invocado en ritos de fluidos. Sólo una de las viajeras se ve seducida por el hechizo e intenta desplegar sus alas traslúcidas de esperma y saliva, para comenzar así su incontrolado ascenso hacia la sensual mujer selvática, pero es detenida a tiempo por otros dos más atentos.
Entonces John despliega bien abiertas sus increíbles piernas, intensifica la lluvia que nubla la vista de los viajeros y desaparece dejando sólo perceptible un lejano eco de su risa.

Al atardecer los viajeros toman duchas de agua caliente. Bajan a buscar comida al pueblo, de donde traen además botellas de vino australiano. Hablan del buceo en el mar Rojo y del mágico viento en los Himalayas. Y leen a Mellville o a Wernicke. O simplemente beben el vino mientras juegan a las cartas.

martes, 8 de abril de 2008

El hada de las palabras

Él ya había recuperado su botella de vino. Ahora corría en busca de su pata de cordero. El hada se acercó y le dijo –hay en tu hoja paréntesis en blanco, hay puntos y comas. Si uno tira de esos puntos y de esas comas, sale de cada uno de éstos una palabra.
El hada tomó una de las comas y con suavidad la desplegó hacia arriba en el aire puro del bosque. –Coleóptero –dijo. Luego tiró con un poco más de fuerza de un punto. A él le pareció leer “árbol de cerezos” y se apresuró a decir –no leo una sino tres palabras.
El hada comprobó su terquedad pero dijo benévola –en japonés es una; las traducciones son literales.
-¿Qué me pasa, por qué me voy a cualquier lado? –se preguntó el hombre-. ¿Es un sueño de Kurosawa? Tal vez, pero qué importa –se respondió-, lo que importa ahora es el movimiento del hada al extraer las palabras; después importará otra cosa.
El hada levantaba un poco el meñique cada vez que tiraba de un punto o una coma, y delicadamente corría la cabeza para un lado como si se fuera a tocar con la oreja el hombro.
Él se apuraba recorriendo mesas por el camino. El camino sombreado por los eucaliptos. Buscaba su cordero. El cordero se enfriaba, pensaba, o no lo pensaba pero suponía que pensaba, porque si no, ¿cuál era el apuro?
Al vino lo había recuperado en una especie de garaje, de la mesa de un tipo que estaba solo y totalmente pelado. No le reprochó nada al tipo; estuvo a punto, pero en lugar de perder el tiempo en peleas, le sirvió un poco en el vaso, le puso el corcho a la botella y salió. El flaco, pelado y solo tampoco habló, tampoco hizo gestos. Por qué el flaco, pelado y solo le había sacado la botella, no se lo preguntó. Tampoco se preguntó cómo lo había hecho sin que él lo viera.
Finalmente llegó a su mesa, donde el cordero conservaba una linda temperatura. Alguien lo esperaba cerca de su mesa a la sombra de un eucalipto, pero su figura estaba desenfocada por la presencia del hada de las palabras. El hada hizo el gesto como para extraer una palabra de un paréntesis en blanco. –¿Qué hay? –preguntó el hombre.
-¡Ah! –dijo el hada misteriosa- eso lo vas a tener que averiguar vos.
-Bueno, bueno –dijo el hombre ya más calmo y riendo.
Clavó un gran tenedor en la pierna jugosa del cordero. Del vino, ya descorchado sirvió tres copas. Los manteles eran a cuadritos, rojos y blancos. La figura femenina sentada a la mesa cobró más nitidez cuando el hada se elevó. ( )