Una sarta de pelados
Sí, a la moda de hace un tiempo
pero todavía la fashionada.
El mundo del arte en vivo o in Vitro, en vitrina digo.
Mirame como pinto como peino como bailo.
Nos une el glam en la via pública,
el free choripan
encima hay tanto yanqui o europeo por la ciudad
que decora mejor
¡Pero ojo!
que en un momento llega la punga porque escucha fiesta
(francolini paga)
las puertas de la ciudad están abiertas esta vez
Uno que se aviva y quiere integrar, dice:
- sacá la mano de atrás que ahí regalan fernet.
- qué fernet, dame el celular.
Pero no, no prospera. Es que hoy no hay lugar para l’inseguridá.
La música nos mezcla como dijo madonna,
o fue serrat
Las bandas no paran de sonar
Muchos de los presentes se reverán el año nuevo en Uruguay
¿los modificará en algo el "corte Pepe"?
La gratuidad da alegría, parece.
Bischof que saluda hasta la muerte
aunque la dislexia se la ponga difícil.
Nat que pasa y deja estela,
algunos llegarán a apoyarse en su calza,
ella preferirá lo blondo.
A no desalentarse
el regocijo está en el aire de la noche
Ahora, de los tachos con hielo
sacan birras italianas (para todos)
"No se discute acerca de la brisa del mar, se fortalece uno cuando la siente." Ezra Pound
viernes, 27 de noviembre de 2009
domingo, 13 de septiembre de 2009
domingo a la mañana, Enrique está cargado
Enrique subió unos cuantos escalones y se encontró a pleno en el parque. Eligió un banco pero fue anticipado por uno de los borrachos, -eran tres, y enojados entre sí-. Buscó entonces un banco más alejado al lado de un hombre con saco azul, pantalón gris y zapatos lustrosos que parecía muy deprimido, la vista perdida tal vez en la chica que practicaba Tai chi chuan sin ser afectada por nada, o en el pasto unos dos metros delante de él; mantenía casi permanentemente una expresión de puchero. Uno de los borrachos arrojó una botella contra un árbol. Enrique y el hombre de saco azul giraron la cabeza como reacción ante el ruido de los vidrios al romperse. La chica del tai chi, de pantalón verde y remera roja, nada. El hombre de saco azul volvió a poner su cara de puchero y mirar hacia adelante. Más lejos hacia la izquierda de Enrique, había otros dos hombres con dos perros grandotes y oscuros, que ataviados con chalecos de marines mantenían un diálogo encendido que interrumpían sólo para regañar a alguno de los mastines. Enrique llevaba en su mano el libro Corre Conejo, y tenía intenciones de leer un rato. El griterío de los borrachos lo distraía un poco, y prefirió concentrarse en la paz que le parecía que transmitían los precisos movimientos de la chica del Tai chi. Le pareció que el borracho que se había separado del grupo, también se dejaba invadir por la paz que irradiaban esos movimientos. Fue un lindo momento.
La chica terminó con su práctica, se puso un buzo celeste, y con absoluto desparpajo empezó a hablar con su teléfono portátil mientras se alejaba. Enrique no quiso juzgarla. Pensó más bien que era la única en la plaza que podía abstraerse -aunque fuera mínimamente- de la mierda en la que nadaban todos, incluso él, claro. La depresión del hombre a su lado se le antojó debida a un abandono reciente. Lo confirmó cuando éste se puso de pie y caminó dejando la plaza. La plaza lo deja a él, se dijo. Ya va a cambiar la mano, quiso gritarle, pero en cambio abrió el libro y se puso a leer. Era la parte en que Conejo había devenido jardinero y recorría del brazo de la viuda del señor Smith la plantación de rododendros que había sobrevivido a su marido. La señora Smith le contaba que el rododendro era una planta dulzona y sin inteligencia, y que esto mismo le decía a su esposo para hacerlo enojar.
Súbitamente los borrachos desaparecieron y de a poco la plaza comenzó a verse invadida por jóvenes parejas con perros y/o hijos. Esto parecía que iba a ayudar a la concentración de Enrique en la lectura y así fue hasta que en el mismo momento en que un labrador rubio levantaba la pata hacia el banco que él ocupaba, un pelotazo le dio fuertemente en la espalda. Enrique no supo si fue el padre o el hijo, tampoco escuchó las inmediatas disculpas. Pero se incorporó sin soltar el libro y pateó la pelota con fuerza hacia la calle en dirección opuesta a la que esperaban padre e hijo. Enrique miró al padre sin pestañear por unos instantes. Éste sin abrir la boca tomó de la mano al niño y fue con presteza detrás de la pelota. Un auto frenó bruscamente. Los dos marines interrumpieron su beso; uno le gritó “Mandela” a su perro. A Enrique, le pareció contradictorio que el perro se llamara así, pero sin detenerse demasiado en este pensamiento comenzó a caminar; casi se iba de la plaza, pero no; se sentó en el último banco, bien lejos de todo esto y abrió nuevamente el libro. Leyó una réplica de Conejo a la viuda de Smith: “Tal vez lo que para él sean rododendros para usted sea alfalfa.”
Vio que ahora el padre metía al niño en uno de esos autos que funcionan a pilas. El niño mantenía firme el volante. Otras parejitas habían formado un grupo que observaba con bobas sonrisas como sus perros se relacionaban domésticamente. Enrique estuvo a punto de llorar pero siguió leyendo. Uno de los borrachos le gritó y le hizo señas para que se acercara. Enrique se acercó, le ofrecieron cerveza y aceptó. No te ortivés escuchó que le decía uno, pero no pudo escuchar mucho más.
La chica terminó con su práctica, se puso un buzo celeste, y con absoluto desparpajo empezó a hablar con su teléfono portátil mientras se alejaba. Enrique no quiso juzgarla. Pensó más bien que era la única en la plaza que podía abstraerse -aunque fuera mínimamente- de la mierda en la que nadaban todos, incluso él, claro. La depresión del hombre a su lado se le antojó debida a un abandono reciente. Lo confirmó cuando éste se puso de pie y caminó dejando la plaza. La plaza lo deja a él, se dijo. Ya va a cambiar la mano, quiso gritarle, pero en cambio abrió el libro y se puso a leer. Era la parte en que Conejo había devenido jardinero y recorría del brazo de la viuda del señor Smith la plantación de rododendros que había sobrevivido a su marido. La señora Smith le contaba que el rododendro era una planta dulzona y sin inteligencia, y que esto mismo le decía a su esposo para hacerlo enojar.
Súbitamente los borrachos desaparecieron y de a poco la plaza comenzó a verse invadida por jóvenes parejas con perros y/o hijos. Esto parecía que iba a ayudar a la concentración de Enrique en la lectura y así fue hasta que en el mismo momento en que un labrador rubio levantaba la pata hacia el banco que él ocupaba, un pelotazo le dio fuertemente en la espalda. Enrique no supo si fue el padre o el hijo, tampoco escuchó las inmediatas disculpas. Pero se incorporó sin soltar el libro y pateó la pelota con fuerza hacia la calle en dirección opuesta a la que esperaban padre e hijo. Enrique miró al padre sin pestañear por unos instantes. Éste sin abrir la boca tomó de la mano al niño y fue con presteza detrás de la pelota. Un auto frenó bruscamente. Los dos marines interrumpieron su beso; uno le gritó “Mandela” a su perro. A Enrique, le pareció contradictorio que el perro se llamara así, pero sin detenerse demasiado en este pensamiento comenzó a caminar; casi se iba de la plaza, pero no; se sentó en el último banco, bien lejos de todo esto y abrió nuevamente el libro. Leyó una réplica de Conejo a la viuda de Smith: “Tal vez lo que para él sean rododendros para usted sea alfalfa.”
Vio que ahora el padre metía al niño en uno de esos autos que funcionan a pilas. El niño mantenía firme el volante. Otras parejitas habían formado un grupo que observaba con bobas sonrisas como sus perros se relacionaban domésticamente. Enrique estuvo a punto de llorar pero siguió leyendo. Uno de los borrachos le gritó y le hizo señas para que se acercara. Enrique se acercó, le ofrecieron cerveza y aceptó. No te ortivés escuchó que le decía uno, pero no pudo escuchar mucho más.
martes, 1 de septiembre de 2009
cassette
No podíamos con la resaca,
la tarde de verano nos ganaba otra vez
just one bottle of white wine left
Buscamos complicidad
en el salvaje desafío
de pasar más horas sin dormir
Giramos alrededor de la cama
sacaste del bolsillo un TDK
en birome azul decía Prince
Algo en la luz del día que se nos perdía,
algo en el purpúreo desliz musical
en lo fresco y excesivo de la botella…
no sé
no era preciso lo que nos hacía llorar.
un punto de fusión
la alegría en celo
nuestra propia humedad
En esa borrachera había un despertar.
la tarde de verano nos ganaba otra vez
just one bottle of white wine left
Buscamos complicidad
en el salvaje desafío
de pasar más horas sin dormir
Giramos alrededor de la cama
sacaste del bolsillo un TDK
en birome azul decía Prince
Algo en la luz del día que se nos perdía,
algo en el purpúreo desliz musical
en lo fresco y excesivo de la botella…
no sé
no era preciso lo que nos hacía llorar.
un punto de fusión
la alegría en celo
nuestra propia humedad
En esa borrachera había un despertar.
martes, 25 de agosto de 2009
te quería contar que
ayer me fue re-bien en el taller.
Fara se reía hasta las lágrimas
Tanta me miraba de reojo a ver si yo
no era Peter Sellers Desde el jardín.
Te quería contar que
lo que más me gustaba del taller
eran las pechuguitas con arroz que esperaban tibias
cerca de las once
Eso y hablar sin sentirme un bicho raro
Eso y que me echaras queriendo que me quede
Que todo lo demás no importa
o que es tan triste todo lo demás
Fara se reía hasta las lágrimas
Tanta me miraba de reojo a ver si yo
no era Peter Sellers Desde el jardín.
Te quería contar que
lo que más me gustaba del taller
eran las pechuguitas con arroz que esperaban tibias
cerca de las once
Eso y hablar sin sentirme un bicho raro
Eso y que me echaras queriendo que me quede
Que todo lo demás no importa
o que es tan triste todo lo demás
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la musa cursi,
que se piante el lagrimón
jueves, 18 de junio de 2009
metete el derby suavemente en el orto
No saber cuando retirar o bajar las armas más que cruel es vulgar.
A la vulgaridad generalmente, o la esquivo o me es indiferente.
Unas muy pocas veces me desilusiona.
El amor duele, pero es el mejor juego que conozco.
Cuando sea grande voy a morir de amor.
El whisky amorata las mejillas, aumenta la papada, pero no mata.
Ahora te toca a vos. ¿Caíste en la vulgaridad?: Retrocedé dos casilleros.
Esto es un juego mejor que el Ajedrez, mejor que el Paint ball, peor que el TEG.
Ya sé que pierdo, caí en "fallido" y tuve que volver a empezar, pero doy batalla hasta el final. No huyo. ¡Tirá, mierda!
A la vulgaridad generalmente, o la esquivo o me es indiferente.
Unas muy pocas veces me desilusiona.
El amor duele, pero es el mejor juego que conozco.
Cuando sea grande voy a morir de amor.
El whisky amorata las mejillas, aumenta la papada, pero no mata.
Ahora te toca a vos. ¿Caíste en la vulgaridad?: Retrocedé dos casilleros.
Esto es un juego mejor que el Ajedrez, mejor que el Paint ball, peor que el TEG.
Ya sé que pierdo, caí en "fallido" y tuve que volver a empezar, pero doy batalla hasta el final. No huyo. ¡Tirá, mierda!
martes, 9 de junio de 2009
soltáme
-¡Soltáme!- dijo severa, terminante, como si él estuviera a punto de forzarla. Él aflojó un poco, sorprendido, ya que no notaba en su abrazo más que una ternura post coital, y entonces volvió a apretar con más fuerza. Ella repitió con un tono tan calmo como amenazante: -¡soltáme!- El tono de ella lo hería. El quiso pelear con la fuerza de su abrazo, o más bien resistir, pero luego de dos segundos se rindió: el tono y la mirada de ella eran imbatibles. Se sentó sobre la cama, la vista perdida; buscó su calzoncillo estirando un brazo bajo las sábanas y se puso las medias. Quiso apurarse, pero su lentitud era irrevocable. Luego de las medias, incluso hizo una pausa. Ella se puso la bombacha con aire triunfal. El semen le corría por la entrepierna; de pie sobre la cama, le daba su espalda a él. Parecía mirar la luz que entraba por la ventana, pero pronto desapareció de un salto. Él terminó de vestirse; una nueva pausa al ponerse de pie. Finalmente caminó hacia el baño. Salieron a la calle, mantuvieron sus silencios. Era domingo a la mañana. Él se anticipó al canillita y pidió dos diarios iguales. Le molestaba lo absurdo de la negociación. Su propia existencia le resultaba absurda y le molestaba. Estaba envuelto en un laberinto de absurdidad. Para ella en cambio, eran todos signos de la pasión. Una pasión que, sin embargo, siempre pasaba por los filtros de su mente. Una pasión que siempre requería motivos...
Y era esto lo que los volvía incompatibles.
Y era esto lo que los volvía incompatibles.
miércoles, 3 de junio de 2009
cameron highlands
Las mañanas son despejadas, o con pocas nubes en el cielo; el pasto donde se ubican las mesas para el desayuno está húmedo. Y las mañanas despejadas, además son frescas, aptas para duchas de agua caliente: uno de los temas de conversación preferidos por los viajeros, quienes gustan levantarse de sus camas de buena hora, tal vez para tomar esas duchas o ese desayuno, tal vez para simplemente contemplar el paisaje, consecuencia de un clima tropical que no lo parece, si por clima tropical entienden esa sensación de pesadez que vienen arrastrando durante los últimos dos, ocho, catorce meses según el caso, pero siempre cantidad de meses pares. Es entonces un llamado de la melancolía que los despierta tan temprano a evocar frescas mañanas primaverales de sus lugares de origen que en todos los casos se encuentra lo suficientemente alejado de los trópicos como para que la evocación suceda en mañanas frescas como éstas.
Y planean en el transcurso del desayuno, por cuál camino de la selva se internarán; o dibujan extraños dibujos. Restan importancia a las diferencias entre ingleses y escoceses. Y leen a Dickens o a Stevenson. Juegan al ping pong, o eligen un DVD para ver luego de su caminata por la así llamada selva.
Una vez en la selva a la cual no se aconseja ir sólo, todo es diferente, el silencio es diferente, la luz se densifica y promete humedecerse, se oyen ruidos de cascadas que se mezclan con ruidos de arroyos y con los ruidos de algunas viajeras orinando que aunque no prometan humedecerse están húmedas, y se cuelgan de otros como de lianas, comenzando así el rito de invocación a John Newton, el único colono que se perdió en alguna parte de esta misma selva en 1928. El rito continúa con escupitajos en las caras y profundos lengüetazos en las orejas de cada uno de los presentes, hasta que finalmente el colono John se aparezca allá en la altura, dentro de la figura de un bellísimo cuerpo de mujer, cubierto casi en su totalidad de un vello color verde musgo en obvia mimetización con el lugar y riendo morbosamente, mientras se desliza o flota con estilo felino entre las copas de los árboles. Y su risa es una invitación a unirse a él o ahora ella. Pero los viajeros saben diferenciar por el tono, que se trata más bien de un desafío, una provocación, de quien en realidad prefiere ser alabado o invocado en ritos de fluidos. Sólo una de las viajeras se ve seducida por el hechizo e intenta desplegar sus alas traslúcidas de esperma y saliva, para comenzar así su incontrolado ascenso hacia la sensual mujer selvática, pero es detenida a tiempo por otros dos más atentos.
Entonces John despliega bien abiertas sus increíbles piernas, intensifica la lluvia que nubla la vista de los viajeros y desaparece dejando sólo perceptible un lejano eco de su risa.
Al atardecer los viajeros toman duchas de agua caliente. Bajan a buscar comida al pueblo, de donde traen además botellas de vino australiano. Hablan del buceo en el mar Rojo y del mágico viento en los Himalayas. Y leen a Mellville o a Wernicke. O simplemente beben el vino mientras juegan a las cartas.
Y planean en el transcurso del desayuno, por cuál camino de la selva se internarán; o dibujan extraños dibujos. Restan importancia a las diferencias entre ingleses y escoceses. Y leen a Dickens o a Stevenson. Juegan al ping pong, o eligen un DVD para ver luego de su caminata por la así llamada selva.
Una vez en la selva a la cual no se aconseja ir sólo, todo es diferente, el silencio es diferente, la luz se densifica y promete humedecerse, se oyen ruidos de cascadas que se mezclan con ruidos de arroyos y con los ruidos de algunas viajeras orinando que aunque no prometan humedecerse están húmedas, y se cuelgan de otros como de lianas, comenzando así el rito de invocación a John Newton, el único colono que se perdió en alguna parte de esta misma selva en 1928. El rito continúa con escupitajos en las caras y profundos lengüetazos en las orejas de cada uno de los presentes, hasta que finalmente el colono John se aparezca allá en la altura, dentro de la figura de un bellísimo cuerpo de mujer, cubierto casi en su totalidad de un vello color verde musgo en obvia mimetización con el lugar y riendo morbosamente, mientras se desliza o flota con estilo felino entre las copas de los árboles. Y su risa es una invitación a unirse a él o ahora ella. Pero los viajeros saben diferenciar por el tono, que se trata más bien de un desafío, una provocación, de quien en realidad prefiere ser alabado o invocado en ritos de fluidos. Sólo una de las viajeras se ve seducida por el hechizo e intenta desplegar sus alas traslúcidas de esperma y saliva, para comenzar así su incontrolado ascenso hacia la sensual mujer selvática, pero es detenida a tiempo por otros dos más atentos.
Entonces John despliega bien abiertas sus increíbles piernas, intensifica la lluvia que nubla la vista de los viajeros y desaparece dejando sólo perceptible un lejano eco de su risa.
Al atardecer los viajeros toman duchas de agua caliente. Bajan a buscar comida al pueblo, de donde traen además botellas de vino australiano. Hablan del buceo en el mar Rojo y del mágico viento en los Himalayas. Y leen a Mellville o a Wernicke. O simplemente beben el vino mientras juegan a las cartas.
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